Es un error frecuente atribuir las destrucciones de libros a hombres ignorantes, inconscientes de su odio. […] cuanto más culto es un pueblo o un hombre, está más dispuesto a eliminar libros bajo la presión ritual de mitos apocalípticos. […] hay que olvidarse del estereotipo de que los destructores de libros son incultos. La gente ignorante es la más inocente.[1]
1.
Introducción.
A través del
presente trabajo se desea reflexionar sobre la interrelación entre los archivos
y la sociedad, aportando con pensamientos críticos que ayuden a visibilizar la injerencia
tanto de estas instituciones, su personal y los bienes documentales que
custodian –sobre la historia y desarrollo de la humanidad– y viceversa.
Analizaremos cómo
el ser humano ha tratado, por un lado, preservar su legado y transferirlo a sus
sucesores, pero también, cómo ha buscado inconsciente o muy conscientemente
borrar la memoria histórica del otro. Argumentaremos sobre la relevancia de la
función de investigación y difusión con carácter científico que cumplen los
archivos históricos y finalmente sustentaremos como esta simbiosis que se
produce entre los archivos y la sociedad genera conocimientos y saberes, que ayudan
a su mutuo desarrollo y trascendencia.
2.
Damnatio memoriae[2]
En su libro Nueva
Historia Universal de la destrucción de libros. Desde las tablillas sumerias a
la era digital, Fernando Báez nos lleva a recorrer por eventos históricos
en los que la humanidad, sea por acontecimientos catastróficos, por descuidos
(terrible ignominia) o bien por razones políticas o religiosas, ha perdido o
destruido aquellos tesoros donde se inscribe nuestras huellas en el tiempo: los
libros (documentos).
Entre estos hitos, es
de mi interés aquel que versa sobre Akenatón, faraón monoteísta que, con el fin
de aniquilar las creencias politeístas de sus predecesores, entre otras cosas, quemó
varios de sus documentos, “hizo destruir los textos en su afán de consolidar su
religión”[3]. Ante
tal afrenta luego de su muerte, sus sucesores tomaron venganza por medio de la eliminación
de su nombre (se prohibía incluso nombrarlo), su imagen y su legado,
reescribiendo posteriormente esa anterior memoria destruida.
Usual en épocas
antiguas, pero también en las contemporáneas y actuales, el interés de condenar
la memoria sea por razones políticas o religiosas a través de la destrucción de
un personaje incluyendo su legado escrito, resulta evidente. Estas razones que
aquejan a la preservación de los
documentos, notablemente es influenciada
por ese interés por dejar bien en claro la hegemonía que se tiene sobre uno u
otro Estado, sobre uno u otro grupo social.
Recordemos lo
ocurrido hace 19 años en New York, cuando se produjo el ataque a las torres del
World Trade Center. Nos dice Báez que “[...] durante horas miles y miles de
papeles cayeron desde lo alto de las Torres. [...] [El World Trade Center] contaba
con enormes bases de archivos y bibliotecas de gran importancia en el campo
económico, ahora completamente desaparecidos.”[4] Una fe ciega y conducida porque no decirlo
de un interés político de borrar al otro, llevó a que se produjera tal agravio.
Tomando un ejemplo
más cercano a nuestra historia Carlos Aguirre y Javier Villa-Flores en “Los
archivos y la construcción de la verdad en América Latina” describen cómo desde
la conquista y colonización de las tierras de lo que hoy es América, se generó
una gran cantidad de documentos de orden gubernamental, administrativo,
judicial y económico que reposarían en estos primeros recintos, y que, al ser
estos “instrumentos esenciales de la administración colonial, la defensa de
derechos y privilegios y la gestión del crimen, resulta comprensible la
tendencia a su saqueo y destrucción en momentos de conflicto”.[5]
Los autores
argumentan (demostrando así esta necesidad del ser humano de estar por sobre el
otro) que incluso, en zonas rurales cuando existían querellas por ocupación de
tierras, en ocasiones se producía “el robo o destrucción de los archivos de
comunidades rivales”.[6]
Así mismo, nos mencionan que “en tiempos de rebelión, el incendio de los
archivos judiciales resguardados en las casas reales formó parte de un amplio
repertorio de acciones rebeldes que incluía [además] la liberación de prisioneros
en las cárceles locales, el robo de armas, dinero, muebles y otros objetos, así
como el asalto a autoridades locales.”[7]
3.
Las voces de los archivos históricos
Como hemos visto,
los archivos históricos, custodios de memoria y también de no memoria, cumplen
un rol fundamental en el desarrollo (o declive) de las sociedades. Ya sea que
sus voces se levanten frente a un proceso histórico o que se vean acalladas
para ocultar la verdad del otro, estas instituciones que parecen en ocasiones
fríos repositorios de papeles viejos son un organismo que tiene vida.
Y esa vida se
genera a través de sus funciones, sobre todo aquellas encaminadas a la
investigación y difusión. Los actores que conforman dicho organismo:
archiveros, conservadores, historiadores, gestores de información, educadores,
sociólogos, antropólogos y un sinfín de profesionales que actualmente se han
detenido a observar a los archivos; tal como nos dice Ludmila da Silva en “El
mundo de los archivos”, son especialistas que poseen el “dominio de los
instrumentos de registro del paso del tiempo”[8],
que transforman objetos (textos e imágenes) producidos por una persona y les
atribuyen otros usos y sentidos “al instituir conjuntos de normas, preceptos y
limitaciones”.[9] De aquí la importancia de
levantar sus voces.
4.
Los archivos al servicio de la sociedad y
viceversa
Finalmente podemos
establecer que los archivos y en este caso específico los históricos, son entes
que se encuentran al servicio de la sociedad al plasmar su historia, permitir
resguardar su memoria y de esta forma contribuir a la creación de un sentido de
identidad. Como lo menciona da Silva, “son construcciones sociales múltiples,
que reúnen una diversidad de instituciones y agentes que vivieron y conservaron
papeles, fotos, imágenes de un tiempo, un lugar, una clase social, géneros,
etnias.”[10]
Pero así mismo,
como el archivo sirve a la sociedad, es esta a su vez quien debe luchar por su
permanencia y su gloria. Da Silva argumenta que ya sean los hitos históricos,
las presiones de carácter religioso, económico, político, incluso los miedos y
tabúes o las modas, hacen que los archivos (o su documentación) pasen bien sea
inadvertidos o a su vez, tengan sobre sí toda la atención.[11] Y
son las sociedades quienes a fin de cuentas deciden qué recordar, qué no, que
es lo transmisible a otras generaciones y qué se debe ocultar, son las
sociedades quienes sustentan o no a este organismo vivo que hemos dado en
llamar archivos.
Bibliografía
Aguirre,
Carlos, y Javier Villa-Flores. “Los archivos y la construcción de la verdad
histórica en América Latina”. En Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas
46, n.o 1. 2009.
Báez,
Fernando. Nueva historia universal de la destrucción de libros: de las
tablillas sumerias a la era digital. 1. ed. en Océano. Historia y cultura.
México D.F: Oceáno, 2013.
Da
Silva Catela, Ludmila. “El mundo de los archivos”. En Los archivos de la
represión: documentos, memoria y verdad. Siglo XXI, 2002.
[1] Fernando Báez, Nueva historia
universal de la destrucción de libros: de las tablillas sumerias a la era
digital, 1. ed. en Océano, Historia y cultura (México D.F: Océano, 2013),
37.
[2]
Locución latina que significa condena de la memoria. Practicada en la
antigüedad, pretendía condenar el recuerdo del enemigo del Estado tras su
muerte. http://diccionario.sensagent.com/Damnatio%20memoriae/es-es/
[3] Fernando Báez, Nueva historia
universal de la destrucción de libros, 57.
[4] Ibíd., 379.
[5] Carlos
Aguirre y Javier Villa-Flores, “Los archivos y la construcción de la verdad
histórica en América Latina”, en Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas
46, n.o 1 (enero de 2009), 10.
[6] Ibíd., 10.
[7] Ibíd., 10.
[8] Ludmila Da Silva Catela, “El
mundo de los archivos”, en Los archivos de la represión: documentos, memoria
y verdad (Siglo XXI, 2002), 202
[9] Ibíd., 199.
[10]Ibíd., 218.
[11] Ibíd., 200.

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