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En el libro La aventura de la información. De los manuscritos del Mar Muerto al imperio Gates, Ramón Alberch y José Ramón Cruz Mundet hacen referencia a “Los documentos falsos: Falsarios y falsificaciones que han hecho historia” e inician este capítulo con el significado del concepto de lo falso o la falsedad, posteriormente, hacen un recorrido por los aspectos de los documentos: sus falsarios, el delito y sus condenas a través del tiempo, y exponen la forma con que disciplinas tales como la diplomacia o la documentoscopía, van en busca de atestiguar la verdad.
Los autores comienzan su discurso con la frase “lo falso no
es auténtico pero puede ser verdadero”, la cual evidencia hacia donde se dirige
este texto. Un documento puede contener una verdad, una realidad, algo que
existe y es; pero este mismo puede ser o no original, es decir que si se
determina que es una copia y se le quiere dar por original, pese a la verdad
que arguye, este es considerado falso.
La historia se ha erguido sobre documentos que son testigos
de lo sucedido en determinado tiempo y lugar, ganando con ello un valor
incalculable. Esta información es útil en varios campos y para diversos fines,
por tal motivo, los documentos se ven expuestos a sufrir adulteraciones por
variadas razones siendo el factor monetario la más común.
Los autores evidencian la importancia de la escritura y los
documentos desde su nacimiento por el 4.000aC. Argumentan, que existían
personajes llamados escribas, quienes se encargaban de redactar tratados,
escrituras de propiedad, registros y todo tipo de documento social o
administrativo para una comunidad que en su mayoría era analfabeta. He aquí que
se demuestra el poder de la escritura, pocos eran los privilegiados
presentándose como salvadores o inquisidores en cualquier aspecto de la vida
cotidiana.
Alberch y Cruz presentan casos de cómo, desde las sociedades
más antiguas, se hacían de signos que distinguiesen sus documentos dándoles un
tipo de autenticidad y dificultad para la falsificación y cómo estos pueblos,
para que sus documentos no sufriesen algún grado de alteración, los confinaban
en templos a vista y protección de las divinidades y de los sacerdotes que
debían custodiar estos tesoros.
Entre estos se refieren al templo Metroon en la ciudad de
Atenas y al Tabularium en Roma, que protegían documentos tanto públicos como
privados. Para la sociedad de ese entonces el tener sus documentos al resguardo
de los dioses parecería algo seguro, no obstante, podía existir la presencia de
personas que no tuviesen miedo o respeto por los custodios y sus divinos
castigos. A aquellos que cometiesen el delito de falsificación en la antigüedad
se les condenaba ya sea con la deportación, confiscación de bienes, trabajos
forzados e inclusive, con pena de muerte todo ello, según el rango social que
tuviesen.
Otro momento importante en la historia que manifiestan los
autores es la caída del Imperio Romano “que dio lugar a la disgregación de
Europa en pequeños e inestables reinos feudales” pasando, de un Imperio donde
existía mano de obra esclava y un comercio entre Roma y otras ciudades, a un
sistema disperso en el que reinaba el feudalismo, con una servidumbre como mano
de obra y la prácticamente desaparición del comercio.
Sin una producción mercantil extensa, los documentos
administrativos empiezan a caer en desuso mermando la realización de contratos,
escrituras o cualquier tipo de trámite escrito. Con ello, las sanciones también
aminoraron. Se decreta la Lex Romana Visigothorum, que dicta “la pena general
de amputación del pulgar derecho, azotes y marcas infamantes, que en caso de
testamento conlleva la adicional de devolución de bienes y beneficios”. Sin
existir una fuerte actividad administrativa, la labor de custodiar los
documentos la dejan a los monasterios y claustros.
La inestabilidad latente en estos siglos, ocasionada por las
guerras entre reyes o las invasiones, hace que los archivos terminen quemados y
destruidos, destruyéndose a la vez, las leyes, registros, contratos y todo lo
que pudo estar presente en ellos. Alberch y Cruz nos dicen que: “(...) para
recuperar las escrituras perdidas se recurre a los documentos reescritos o
rehechos, que son reconstrucciones elaboradas en principio sin intención de
fraude y muy numerosas hasta el siglo XI.”
Con ello, queda dicho que mucha de la historia que nos llega
a nuestras manos puede no ser la original, es decir, el documento no es auténtico,
pero por haberse transcrito igual o de similar manera en cuanto a su contenido,
esta, la historia, sí es verdadera. No obstante, ocurre también que, en estas
transcripciones, muchos datos pudieron ser omitidos o lo que es peor aumentados
y/o corregidos según beneficie a alguien.
Para contrarrestar esta transgresión, como ya los autores lo
han dicho, se colocaban signos, sellos o marcas que autentifiquen un documento,
sin embargo, estos podían ser vulnerados. Es por ello que nace la Diplomacia,
que se encarga de “estudiar a los documentos en sus aspectos formales: el tipo
de soporte (barro, cera, pergamino, papel…), las formas de la escritura y los
medios para registrarla (buril, pluma, maquina…), así como las partes y
fórmulas empleadas en la redacción, y los signos que los acompañan (sellos y
marcas), todo ello con la finalidad -entre otras- de reconocer y discernir los
auténticos de los falsos.”
Para el siglo XIII, con el surgimiento de la burguesía y el
requerimiento por parte de esta de documentos nobiliarios, genealógicos y
certificados de abolengo que avalen su linaje, los autores mencionan que se acrecienta
la falsificación y se desarrollan además, los medios para combatirla,
mejorándose los procedimientos, las medidas de seguridad y “la especialización
de los tipos documentales de acuerdo con la naturaleza de los actos que
recogen”. Las penas continúan aminorando, en algunos casos solo a multas o
cárcel, por ello, el fraude se acrecienta y se extiende incluso a otras áreas
fuera de las administrativas o públicas como por ejemplo la literatura.
Con la Revolución Francesa se contrarresta la falsificación,
al declararse la República en 1793, derogando todo documento antiguo que
perdieron su valor y fuerza, quedando para ser recurso de investigación
histórica. Es a partir de estas fechas que los escritos documentan gestas
heroicas, o fabricación de mitologías que permitirán darle un espíritu a estos
Estados nacientes.
En el siglo XX, el fraude documental toma más cuerpo, “los
delitos de falsedad en documento mercantil y en documento público acompañan los
escándalos financieros y políticos tan abundantes en la época contemporánea.”
Las técnicas de fraude mejoran y son más sofisticadas, mientras más necesarios
se vuelven los documentos, más susceptibles a ser transgredidos. Inclusive, la
disciplina para comprobar una falsificación cambia, a más de la diplomacia,
surge la documentoscopía que cumple casi las mismas funciones. Pero la motivación
del falsario, nos dicen los autores, no ha cambiado y continúa hasta nuestros
tiempos y es, el querer beneficiarse de manera ilícita muchas veces, a
costillas de incautos.
El Ecuador no ha estado exento de grandes fraudes o
falsificaciones documentales, algunas posiblemente sin culpa o carácter de
lucro como sucedió con la Historia del Reino de Quito del padre Juan de
Velasco que, a palabras del historiador guayaquileño Efraín Avilés, “es
improbable y poco documentada, pero ese esfuerzo primigenio es notable”. O las
falsificaciones que últimamente son parte de la comidilla diaria, como el
título falso de Pedro Delgado, o la falsificación de certificados de votación,
entre otras.
Bibliografía
Alberch, Ramón y José Ramón Cruz Mundet. 2004. “Los
documentos falsos: falsarios y falsificaciones…” en La aventura de la
información. De los manuscritos del Mar Muerto al imperio Gates. Madrid:
Alianza Editorial. 29-54.
Diario El Universo, “Efrén Avilés: Ecuador vive de mentiras”, Domingo 06 de
junio del 2004, http://www.eluniverso.com/2004/06/06/0001/261/B047888F7F2148BD83E3D80C0FEAAD71.html

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