La falsificación de documentos resulta un tema interesante y que se debe analizar con lupa, literalmente.
Cuando pequeños (tal vez podría depender de la sociedad en que se crece), en ocasiones uno se ve tentado sin conocimiento de causa a falsear, en principio nuestra palabra, ya que no sabemos escribir y luego también, a través de la escritura. ¿Quién no se ha visto por lo menos tentado a falsificar la firma de los padres o a cambiar la calificación en la libreta de calificaciones? Es con el tiempo que uno empieza a tomar conciencia de que este acto, en el que el fin es obtener un beneficio pero no de la mejor manera, puede ser condenado a veces, cómo un delito penal o a veces con un mal visto de personas allegadas.
Una vez un colega de mi profesión acudió a mí para pedirme que participe con él en un proyecto para el Estado. En ese momento yo me encontraba trabajando en una institución pública, y por ello, me era imposible participar ya que como funcionaria pública, no podía ejercer otro trabajo para el Gobierno.
Entonces, mi colega me comentó que la verdad no era que requería que trabaje directamente con él, porque ya tenía conformado su equipo de trabajo; lo que necesitaba era presentar mi perfil como parte de la propuesta con la que iba a postular y para ello, requería únicamente mis firmas como contratista de la intervención, que luego él se haría cargo de todo y que me pagaría mensualmente por que vaya a firmar la documentación requerida. Rotundamente me negué.
Luego de un tiempo, cuando ya había olvidado todo esto me encuentro con otra colega y me felicita por participar en un proceso de contratación. Perpleja le dije que yo no había participado en nada y mientras, venía a mi mente el incidente antes mencionado. Muy molesta averigüé sobre el tema y me encuentro con mi nombre en el proceso de contratación. ¿Cómo es posible que mi nombre figure ahí como contratista? Pues este “colega” con el que anteriormente había participado y quien, al margen, no tenía título de la profesión, debió tomar documentos de trabajos anteriores para falsificar mi firma.
Este inconveniente me molestó mucho, sobre todo porque si hubiese “ganado” me vería muy afectada, incluso muy posiblemente, podía haber perdido mi trabajo e incurrir en algún tipo de delito. Para mi buena fortuna, no “gané”. Luego de ello no supe de esta persona. Ahora no sé cómo actuaría frente a él y la verdad en ese momento ni pensé en hacer o no algo frente a este hecho.
Y así a través del día a día, uno se puede dar cuenta de cómo se alteran documentos. En ocasiones uno se puede sentir tentado, por ejemplo cuando se requiere la firma del jefe para algún trámite y éste es muy ocupado y no tiene tiempo para uno, pero luego se recapacita y se piensa en lo que estas simples acciones pueden ocasionar.

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